La anatomía específica masculina, cuyos genitales son externos y con volumen, entre otros factores, hace una diferencia notoria en la manera en que afectan los problemas de piso pélvico a hombres y mujeres.

La estructura pélvica es más estrecha en hombres, y las condiciones de fuerza y los estereotipos del “macho”, tienen una injerencia importante en la rigidez pélvica del varón, por lo tanto, en la zona del suelo pélvico.

Cuando el bebé varón siente el roce de cambio de pañal al limpiarlo, ya reacciona dependiendo la intensidad con que se realice esta acción.

Muchas veces se lastima o se roza demasiado provocando que el bebé ya contraiga la zona muscular del suelo pélvico.

A esto le añadimos que el trabajo corporal de un hombre es mucho más muscular y se le exige (o se exige a sí mismo) ser fuerte físicamente, y provoca una presión excesiva en la zona del piso pélvico que trae consecuencias como: falta de control de esfínter, dificultad o nulidad en la capacidad de erección, dolor pélvico o de espalda baja, problemas de rodillas por un peso de tronco desbordado, presión en la próstata, estreñimiento, poca resistencia aeróbica o respiratoria, principalmente.

En el trabajo para reducir la presión excesiva en el suelo pélvico, hacemos un plan de movimiento consciente para “descomprimir” las zonas bloqueadas (generalmente columna y costillas) y permitir la expansión de la respiración y dar espacio interno que permita “repartir” las presiones de la gravedad.